Lo que es normal y lo que no
Un adolescente que se encierra en su cuarto, contesta mal, vive pegado al móvil, se aburre con su familia y tiene cambios de humor es, sencillamente, un adolescente. Esa retirada es parte del trabajo que le toca hacer: separarse de vosotros para construir quién es. Duele, pero funciona así.
Lo que marca la diferencia no es la intensidad de un día, sino otras tres cosas:
- Cuánto dura. Dos semanas de bajón tras una ruptura o un examen es una cosa. Dos meses sin levantar cabeza es otra.
- Cuánto le quita. ¿Sigue yendo a clase, viendo a sus amigos, haciendo lo que le gustaba? El indicador más fiable no es que esté triste: es que ha dejado de hacer cosas.
- Si cambia en todos los sitios. Un chaval que está apagado en casa pero se ríe con sus amigos está, probablemente, haciendo de adolescente. Uno que se ha apagado también con los suyos, no.
Hay una frase que decimos mucho en consulta y que sirve de brújula: preocupa menos lo que hace y más lo que ha dejado de hacer.
Señales a las que mirar
Ninguna de estas, por sí sola, significa nada. Varias a la vez y sostenidas, sí:
- ha dejado el deporte, la música o el grupo de siempre;
- ha cambiado de amigos de golpe, o se ha quedado sin ninguno;
- duerme de día y vive de noche, o no duerme;
- come mucho menos, mucho más, o ha empezado a comer a escondidas;
- las notas se han caído en picado en poco tiempo;
- se niega a ir al instituto o aparecen dolores de barriga los domingos;
- lleva manga larga en verano, o evita que le veas los brazos o los muslos;
- habla de sí mismo con desprecio: «soy un desastre», «doy asco»;
- ha empezado a beber o a fumar más de lo que sería esperable;
- regala cosas suyas que le importaban, o se despide de forma rara.
Las dos últimas, y especialmente la última, son de las que no se dejan pasar. Si hay cualquier señal de riesgo, salta al apartado correspondiente de esta guía.
Cómo sacar el tema sin que se cierre
El error clásico es la conversación solemne: sentarse enfrente, mirada fija, «tenemos que hablar». Para un adolescente eso es un interrogatorio, y la respuesta va a ser «estoy bien» con una pared detrás.
Funciona mucho mejor:
- Hablar de lado, no de frente. En el coche, fregando, paseando al perro. Sin contacto visual se habla mucho más.
- Nombrar lo que ves, sin diagnosticar. «Te noto apagado últimamente» abre. «Estás con una depresión» cierra.
- Preguntar y callarse. Cuenta hasta diez. El silencio incomoda al adulto, no al chaval, y es ahí donde aparece lo bueno.
- No prometer lo que no puedes cumplir. «No se lo diré a nadie» es una promesa que no puedes hacer si hay riesgo. Mejor: «lo que me cuentes se queda entre nosotros salvo que tu vida esté en juego».
- Aceptar un no por ahora. «Vale. Cuando quieras, estoy» y cambiar de tema. Y volver dentro de unos días. Casi nunca se abre a la primera.
Y lo que no:
- «Con la edad que tienes, qué problemas vas a tener.»
- «Yo a tu edad…»
- «Es por el móvil, te lo voy a quitar.»
- «Si no me cuentas las cosas, no puedo ayudarte» (dicho con reproche).
- Leerle el móvil a escondidas y echárselo en cara: pierdes el acceso para siempre.
Autolesiones, y cuándo hay que actuar ya
Encontrar cortes en los brazos de un hijo es de las cosas más duras que le pasan a un padre. Dos ideas que ayudan a reaccionar bien:
Las autolesiones no son, en la mayoría de los casos, un intento de suicidio. Suelen ser una forma —mala, pero forma— de regular un dolor emocional que no se sabe manejar de otra manera. Eso no las hace inofensivas: indican que hay un sufrimiento importante y que hacen falta otras herramientas. Pero no equivalen automáticamente a querer morir.
Y aun así, hay que preguntarlo. Directamente: «¿has llegado a pensar en quitarte la vida?». Existe el miedo de que preguntarlo le dé la idea. No es así, y esto está bien estudiado: preguntar alivia y abre la puerta. Lo que deja solo a alguien es que nadie se atreva a nombrarlo.
Reacciona así si encuentras autolesiones:
- no grites, no llores delante, no lo conviertas en un drama familiar;
- no lo castigues ni le quites cosas por ello: aprenderá a esconderlo mejor;
- agradece que lo sepas: «me alegro de haberlo visto, no te voy a dejar solo con esto»;
- busca ayuda profesional en días, no en meses;
- retira de en medio lo más peligroso sin montar una requisa.
Llama al 024 —atención a la conducta suicida, gratuito, 24 horas y confidencial— si hay ideas de muerte. Y al 112 si crees que el riesgo es inmediato. Si hay una herida que no deja de sangrar, urgencias.
Si no quiere ir al psicólogo
Es lo más habitual del mundo, sobre todo entre los catorce y los diecisiete. Algunas cosas que funcionan:
- No lo plantees como un castigo ni como un arreglo. «Vas a ir al psicólogo porque así no se puede seguir» garantiza que se siente en la silla con los brazos cruzados.
- Dale control sobre algo. Elegir el día, ir solo o acompañado, decidir si os cuentan algo a vosotros o no. Un adolescente que decide entra; uno al que llevan, no.
- Ofrécele una prueba con fecha. «Ven una vez y si no te convence, lo dejamos» es un trato que muchos aceptan. Y hay que cumplirlo.
- Deja claro que no es porque esté loco. A esa edad esa idea pesa mucho. Vale decir que es un sitio donde hablar de lo que no se habla en casa.
Y si aun así dice que no: id vosotros. Esto sorprende a casi todos los padres y es una de las cosas más útiles que hacemos. Se trabaja con la familia cómo acompañar, cómo poner límites sin romper el vínculo, cómo hablar, qué vigilar. Cambiar lo que ocurre alrededor de un adolescente cambia al adolescente, aunque él no haya pisado la consulta.
Si queréis ver por dónde anda su estado de ánimo, el test de estado emocional lo puede hacer él mismo en cuatro minutos y de forma anónima. A veces un resultado en una pantalla abre una conversación que no se abría de ninguna otra manera.
El móvil y las redes: ni el demonio ni el problema de fondo
Quitar el móvil no arregla una depresión, igual que quitar el coche no arregla una ansiedad al conducir. Pero hay dos cosas donde sí conviene meterse:
El sueño. Un adolescente que se duerme a las tres porque está con el móvil tiene el ánimo tocado por motivos fisiológicos, no sólo emocionales. Pactar que el móvil duerme fuera del cuarto es de las pocas medidas con efecto medible.
El contenido. Hay comunidades que empeoran mucho las cosas: las que glorifican el ayuno y la delgadez, y las que normalizan las autolesiones. Si detectas eso, no es censura de padre pesado: es protección, y merece una conversación seria y probablemente ayuda profesional.
Fuera de ahí, el móvil suele ser el termómetro, no la fiebre. Si tu hijo se refugia ocho horas al día en una pantalla, la pregunta útil no es cómo quitársela, sino de qué se está refugiando.
Y vosotros, ¿cómo estáis?
Casi todos los padres que entran por esa puerta llevan dentro la misma pregunta: «¿en qué nos hemos equivocado?». Conviene responderla: la inmensa mayoría de los problemas de salud mental en la adolescencia no los causa la familia. Hay genética, hay carácter, hay instituto, hay amigos, hay redes, hay hormonas y hay mala suerte. Que tu hijo lo esté pasando mal no es un veredicto sobre vosotros.
Lo que sí está en vuestra mano es cómo se acompaña. Y para eso hace falta que no lleguéis vosotros destrozados: parejas que llevan meses discutiendo por cómo manejarlo, hermanos pequeños que han pasado a segundo plano, madres y padres que no duermen.
Pedir ayuda para vosotros no le quita nada a él. Se la da.