El título importa, y no todos valen
«Psicólogo» no es lo mismo que «psicólogo sanitario», y la diferencia es legal, no de matiz. Para tratar problemas de salud mental en España hacen falta uno de estos dos:
- Psicólogo General Sanitario (PGS): grado en Psicología más un máster oficial habilitante.
- Especialista en Psicología Clínica (PIR): la vía de formación sanitaria especializada, con plaza por oposición y cuatro años de residencia.
Quien tiene el grado pero ninguno de los dos puede trabajar en recursos humanos, en educación o en investigación, pero no puede ofrecerte tratamiento.
Y ojo con los títulos inventados. «Coach», «terapeuta holístico», «experto en constelaciones», «consultor emocional»: ninguno está regulado ni exige formación comprobable. Pueden ser buena gente con buenas intenciones; lo que no son es profesionales sanitarios.
Cómo comprobarlo tú en cinco minutos
- Pide el número de colegiado. Nadie se molesta si lo preguntas, y quien se molesta ya te ha dado una respuesta.
- Búscalo en la web de tu colegio profesional. Los Colegios Oficiales de Psicología tienen buscador público de colegiados. En la Comunidad Valenciana, el COPCV.
- Pregunta por el registro sanitario del centro. Las consultas de psicología son centros sanitarios y tienen que estar inscritas en el registro de su comunidad autónoma.
- Mira qué dice de sí mismo. Si promete curaciones, habla de porcentajes de éxito o garantiza resultados, desconfía: eso no se puede garantizar y además está mal visto deontológicamente.
Lo que de verdad predice que funcione
Aquí viene lo incómodo, y conviene decirlo aunque no nos favorezca: décadas de investigación apuntan a que el factor que más pesa no es la corriente ni la técnica, sino la relación entre el paciente y el profesional. La llaman alianza terapéutica, y significa tres cosas:
- que te sientas escuchado y no juzgado;
- que estéis de acuerdo en qué estáis trabajando;
- que confíes en que ese camino lleva a algún sitio.
Eso no se ve en una web. Se nota en la primera o la segunda sesión. Por eso lo sensato no es investigar seis meses antes de llamar, sino probar y valorar después.
Dicho lo cual, que haya un método importa. Pregunta en qué se basa lo que te va a proponer. No hace falta que te dé una clase: con que sepa explicarte qué va a hacer y por qué, basta.
Qué preguntar en la primera llamada
Llamar a pedir cita no es firmar nada. Estas preguntas son normales y nadie debería incomodarse al oírlas:
- «¿Tenéis experiencia con lo que me pasa?»
- «¿Cuánto dura la sesión y cuánto cuesta?»
- «¿Cada cuánto tendría que venir?»
- «¿Cómo sabremos si está funcionando?»
- «¿Se puede hacer online?»
- «¿Qué pasa si un día no puedo venir?»
Las respuestas deberían ser concretas. «Depende» vale para cuánto durará la terapia; no vale para el precio.
Si quieres saber qué pasa exactamente el primer día, lo contamos en la guía de la primera sesión.
Señales de alarma
Con cualquiera de estas, busca a otra persona:
- Te garantiza resultados o te pone un número de sesiones cerrado antes de conocerte.
- Te presiona para pagar un bono largo por adelantado.
- Te dice que dejes la medicación que te ha puesto un médico.
- Habla mal de tu familia o tu pareja y te empuja a cortar con tu gente.
- Te cuenta sus cosas más de lo que escucha las tuyas.
- Mezcla la terapia con creencias que no te ha explicado ni has aceptado.
- Cruza límites: contacto fuera del encuadre, relación personal, insinuaciones.
Esa última no es una cuestión de estilo: es una falta grave y se puede denunciar ante el colegio profesional.
Lo que importa menos de lo que crees
- El precio. Más caro no es mejor. Lo que sí debe estar es claro desde el principio.
- La corriente. Cognitivo-conductual, sistémica, humanista… para la mayoría de problemas comunes, lo que decide es la alianza y que haya un plan. Hay excepciones con evidencia muy marcada, y un buen profesional te las dirá.
- Los años de experiencia. Ayudan, pero un profesional joven bien formado y supervisado puede ser excelente.
- Que sea hombre o mujer. Salvo que para ti importe, y entonces importa y punto: pídelo sin dar explicaciones.
- Online o presencial. La investigación no encuentra diferencias relevantes en resultados para la mayoría de los casos. Elige por comodidad.
Y si ya has empezado y no te convence
Cambiar de psicólogo es normal y no hay que justificarlo. Dos matices que ayudan a decidir bien:
No confundas incomodidad con mal encaje. La terapia toca cosas que duelen, y hay sesiones de las que se sale peor que como se entró. Eso puede ser señal de que estáis trabajando, no de que vaya mal.
Pero si a las cuatro o cinco sesiones no sabes hacia dónde vais, o sientes que no te entiende, dilo en voz alta. Un buen profesional agradece esa conversación y reajusta. Si no la acepta, ya tienes la respuesta.
Y si lo que te frena es el dinero: por la sanidad pública hay psicología, con acceso a través de tu médico de cabecera. Las listas son largas, pero existe y es legítimo usarla.